Separación forzada entre padres e hijos


El hijo des-vinculado

Una mujer, mamá de tres niños llega a su casa, la encuentra extrañamente silenciosa y al rato recibe una llamada o un mail que le aclara que sus hijos y su ex marido están viajando fuera del país; un hombre, papá de dos niñas, recibe una cédula judicial que lo nombra presunto violador y desde ese momento no puede ver a sus hijas y, a veces, ni llamarlas.

Un vínculo queda abruptamente cortado. Nadie ha muerto, pero deben realinearse, expectativas, hábitos, diálogos, encuentros, horarios, comidas, miradas. La cotidianeidad ha colapsado.

Por mi trabajo en Natal (Centro para embarazo, parto y puerperio) y el asesoramiento a ANuPa (Asociación Nuevos Padres, una de las redes que recogen la problemática posdivorcio), he interactuado con muchos padres, durante muchos años. Por la problemática de la paternidad-maternidad luego del divorcio, recibo una cantidad y variedad de e-mails, preponderantemente de hombres-papás, pero también de mujeres-mamás, abuelos, y también nuevos cónyuges del padre excluido. Nunca dejan de sorprenderme. En casi todos reina el estupor, el no saber qué hacer, preguntarse cuál es la estrategia más conveniente. La problemática es gigante y universal. Están surgiendo instituciones de defensa de la paternidad en muchísimos países del mundo.

La des-vinculación va a suponer la brusca desaparición de una cotidianeidad, de ritmos y expectativas de los vinculantes que los obliga a un trabajo psíquico en plus. La ruptura de un vínculo de presencia, de cuerpos en interacción, necesariamente obligará a los sujetos a pasar de una relación de presencia a una relación de objeto intrapsíquica, obligada e incrementada por la ausencia.

Esta actividad requerida a los sujetos que padecen la ruptura del vínculo no es equivalente en padres e hijos. Si bien todo vínculo, pensado desde una perspectiva intersubjetiva del psiquismo, es subjetivante, en el caso de los hijos, y particularmente de los pequeños, se trata de la ruptura de un vínculo con características fundacionales de identidad. En estos casos de des-vinculación, como advierte Isidoro Berenstein, no se trata de un trabajo de duelo, como el que tiene lugar por alguien que ha muerto. Es más bien la situación de un desaparecido de una cotidianeidad, de una habitualidad, pero que (tanto para el padre como para el hijo)ocurre entre seres que siguen viviendo en la misma ciudad, a veces a escasas cuadras.

La muerte del otro permite eventualmente una elaboración de la pérdida, una progresiva desinvestidura del otro y generar una memoria del sujeto. Acá debe desinvestirse temporariamente la presencia del otro, con incremento de la actividad ideica y del fantasear.

He observado en la consulta, y en los grupos, el padecimiento que esta situación genera. Más allá de su propia estructuración psíquica, el verse privados del contacto con sus hijos semeja una neurosis actual sobreimpuesta en su devenir -"Es como tener que seguir trabajando y actuando con un cuchillo clavado, y además me pierdo su crecer", decía un analizante-. Como si nos olvidáramos de que los padres necesitan a sus hijos, así como los hijos necesitan a sus padres, en un vínculo de apuntalamiento mutuo.

Para estos padres y madres se agrega la necesidad de seguir ocupándose de interminables y costosos trámites judiciales. La vivencia de exclusión del mundo socioafectivo, del desarrollo de sus hijos, genera sentimientos que van del extrañamiento al odio, de la tristeza a la impotencia. No olvidar tampoco la tendencia genérica de los varones a desimplicarse de las cuestiones de y con sus hijos, que estos impedimentos pueden acrecentar: lo que después se denomina "padre ausente". Hay que hacerse muy fuerte para poder sobrellevar las condenas y los trámites de la Justicia, que, al menos, entre nosotros, por su complejidad y lentitud, no se compadecen con la necesariedad de resolución en tiempos que, al prolongarse demasiado, provocan daños difíciles de remontar, particularmente en los hijos.

Otra de las consecuencias lamentables de esta desvinculación es que los niños, además de perder el vínculo con el padre, también se ven privados de la familia de éste. Esta semiorfandad incluye también la pérdida de abuelos, tíos, amigos, de los personajes significativos del mundo del padre excluido, que se constituyen por extensión en el peligro que al niño deberá evitársele. Y, de paso, se pierden relaciones de parentalidad amplias. No olvidemos que, si bien la patria potestad es compartida, el padre que ejerce la tenencia decide unilateralmente sobre áreas importantes de la vida del menor, a partir de su exclusivo criterio. Así se erige en representante de alguien que sí tiene palabra y que, si no se presenta, es porque hay una medida cautelar que se lo impide. Es por esto que algunas asociaciones luchan por la custodia o tenencia compartida. Existe en el Congreso, desde hace tiempo a la espera, un proyecto de ley sobre tenencia compartida.

No existe además penalización clara a los padres que impidan el régimen de visitas, siendo que, como plantea la declaración de Berlín, "los derechos de visitas y contactos son derechos humanos". La Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, en su artículo 38, alienta la "modificación de los patrones socioculturales estereotipados para eliminar prácticas basadas en el prejuicio de superioridad de cualquiera de los géneros". Y la Convención de Derechos del niño en su artículo 9 prescribe el "contacto directo con ambos padres, salvo en casos de fehaciente comprobación de conductas abusivas".

Algunas medidas cautelares suelen prolongarse demasiado, en algunos casos son años de desvínculo forzado. Esto significa que algunos padres son separados de niños que devienen adolescentes, y así, llegado el momento, más que de una revincularización se tratará de la construcción de un nuevo vínculo. Por ello, considero valiosa la perspectiva vincular en un trabajo interdisciplinario con miembros de una Justicia que, mayoritariamente, piensa el vínculo en su versión perjudicial y no como trama subjetivante.

La práctica y la bibliografía son pródigas en el fenómeno de niños que van haciendo propio el discurso ajeno, que suelen utilizar con respecto al padre excluido las mismas imputaciones que provinieron de las madres yhasta la jerga de los profesionales que las asesoraron. Una especie de implantación de argumentos -a veces hasta con vocablos jurídicos- que delatan la necesidad defensiva de colocar en el progenitor excluido todo lo malo y reservar los aspectos positivos hacia el progenitor conviviente.
Cuando los hijos e hijas son objetos posconyugales, pueden volverse o se les pide que sean mensajeros, aliados, espías, verdugos, jueces, amigos, protectores, testigos, cobradores, cónyuges de sus padres, todo menos sujetos-hijos.

Como en la egosintonización de un síntoma, este proceso intenta volver normal, defensivamente, lo que es básicamente anormal. No sabemos los costos psíquicos que implicará para esos niños y niñas, futuros jóvenes, la reunificación en el padre excluido de defectos y bondades, máxime si son ellos los que sienten que han ayudado a eliminarlos.

El estudio caso por caso no es sólo una apuesta a la verdad, sino una ética frente a las posibles irregularidades e imprecisiones de los procedimientos de exclusión a-críticos que se proponen desactivar las conductas de maltrato y abuso sexual de los padres hacia sus hijos. Es perentorio deslindarlo de la intención deliberada de un progenitor de alejar a un hijo del otro progenitor. En estos casos se inducen en el niño pensamientos adversos con respecto al padre excluido, que suelen tener éxito, y afectan a padres acusados injustamente. La implantación de falsas creencias, a través de técnicas coercitivas, forma parte del poder seductor, como movimiento de anterioridad del otro real en la crianza y el grado de sujeción de los niños a los adultos representativos y su oferta de pertenencia.

Lo que no deja de ocurrir es que los niños quedan involucrados en conflictos no resueltos de sus padres, cuando éstos confunden conyugalidad con parentalidad. Esto se agrava cuando el juez les delega facultades de decisión.

Por lo esbozado, no siempre las des-vinculaciones, y nunca cuando no son justificadas, resuelven semejante problemática. De lo que se trata es de promover la paternidad y sus múltiples funciones, para beneficio de madres e hijos. Sabemos muy poco de la importancia subjetiva de los hijos para los padres varones. No hay acciones preventivas, asistenciales ni de esclarecimiento enfocadas en la cuestión paterna en las relaciones familiares. Ni tampoco el aprendizaje de roles paternos, sus prácticas y especificidades a nivel masivo, ni como políticas de los Estados.

Aunque el ejercicio de la violencia es uno de los constructores de la masculinidad hegemónica, es preciso el estudio de cada caso y complejizar el paradigma generalizante que sospecha al varón siempre como dominador e irresponsable y a la mujer siempre como dominada.

Es perentorio, teórica y éticamente, el estudio pormenorizado de todas, todas las formas del ejercicio de maltrato y violencia que padecen mujeres y niños, en el entramado de nuestros relacionamientos. Sólo que es perentorio, también, la visualización de todas las formas en las que los varones son, no sólo victimarios sino también víctimas de distintas formas de violentamiento. Me parece poco conducente toda totalización que suponga, en cualquier pregunta sobre la fundamentación de un supuesto abuso o maltrato, un ataque al estudio de la violencia familiar o un desmérito del trabajo del feminismo. A veces, los expertos replican la violencia del conflicto en el que son convocados a intervenir.

Es tan imprescindible sospechar del padre imputado como sospechar de la buena voluntad del imputante. Ambos discursos reclaman pruebas y una postura sin fanatismos, que capte la complejidad del asunto, por fuera de las generalizaciones ideologizantes.

Es imprescindible lograr una fineza cada vez mayor en las herramientas psicodiagnósticas y de prevención, para dar luz a una problemática fácilmente ideologizable como es la de la violencia en cualquiera de sus formas. También hay que advertir en qué medida el dispositivo de la desvinculación forzada, que supuestamente debiera desarticular los mecanismos de la violencia, es en sí mismo generador de otras violencias.

Lo que comprobamos es que el sexo no es lo que determina la capacidad de crianza sino, en el caso de los varones-papás, la puesta en práctica de los vínculos, de la capacidad empática, de ir practicando una crianza, de equivocarse, de intentar, de jugar, de aprender, y de no creerse demasiado lo que le contaron que era un hombre. Ejercicios éstos que, con frecuencia, quedan amputados bajo la prótesis de la masculinidad hegemónica.

La Convención de los Derechos del Niño defiende el derecho de los niños a tener un padre. Es perentoria la inclusión de planes y políticas que permitan a los padres la práctica de una paternidad de presencia activa y no de simulacro.


Lic. Norberto Inda
* Integrante del Foro de Psicoanálisis y Género de la Asociación de
Psicólogos de Buenos Aires (APBA). Investigador en género (MOST-Unesco).